Soberanía. Dime de qué presumes y…
“La soberanía nace donde el pueblo decide”
Platón
Desde su llegada a la presidencia, Claudia Sheinbaum ha insistido en una narrativa de soberanía nacional entendida como rechazo frontal a cualquier tipo de apoyo externo para combatir al narcotráfico. Bajo el argumento de que México no permitirá injerencias extranjeras, su gobierno afirma que la seguridad es un asunto que debe resolverse exclusivamente con capacidades internas. Sin embargo, esta postura —aplaudida por los sectores del ala más radical del morenismo— se vuelve profundamente contradictoria cuando se contrasta con su decisión de mantener y justificar el apoyo político, económico y energético a la dictadura cubana. La soberanía, claramente no es un principio: es una herramienta selectiva y profundamente dogmática.
El narcotráfico no es un problema menor ni un desafío ordinario. Es un fenómeno transnacional, con redes financieras, logísticas y armadas que rebasan por mucho las fronteras mexicanas. Negarse de forma dogmática a cualquier cooperación internacional —ya sea en inteligencia, control de flujos financieros o combate al tráfico de armas— no es un acto de valentía soberana, sino una renuncia voluntaria a herramientas que podrían salvar miles de vidas. La insistencia en “no necesitamos ayuda” suena más a consigna ideológica que a estrategia efectiva, especialmente en un país donde vastos territorios siguen bajo control criminal de facto. Lo aberrante aquí no es defender la soberanía, sino cuestionar por qué esta se invoca solo cuando conviene políticamente. Mientras Sheinbaum cierra la puerta a la cooperación internacional en seguridad, mantiene abierta —y bien aceitada— la relación con el régimen cubano, incluyendo el respaldo diplomático y los envíos de recursos energéticos, pese a la profunda crisis interna de la isla y a la naturaleza abiertamente autoritaria de su gobierno. ¿No es eso también una forma de intervención? ¿O la soberanía ajena importa menos cuando se trata de sostener una narrativa ideológica heredada y compartida? A pesar del regaño que le puso el presidente Trump, todavía anda buscando no dejar sola a la dictadura.
Apoyar a Cuba no es un gesto humanitario neutro. Es un posicionamiento político claro que ignora décadas de represión, ausencia de libertades civiles y persecución a la disidencia. Defender ese apoyo bajo el pretexto de la “solidaridad histórica” resulta anacrónico y cínico cuando se compara con la negativa a aceptar colaboración externa para enfrentar una violencia que desangra a México hoy. El mensaje implícito es preocupante: se prioriza la coherencia ideológica internacional por encima de la seguridad y la paz internas. El problema de fondo es la incoherencia moral del proyecto. No se puede exigir respeto absoluto a la autodeterminación mexicana mientras se legitima y sostiene a una dictadura en nombre de una supuesta hermandad política. Tampoco se puede gobernar un país atravesado por el crimen organizado con fórmulas cerradas, mientras se aceptan sin rubor alianzas externas que no rinden cuentas a los ciudadanos mexicanos.
Este es otro tema que nos debe diferenciar claramente a la oposición del oficialismo. No se puede hablar de soberanía hacia el exterior, cuando hacia el interior no existe en muchas zonas de nuestro país, ya que los cárteles del narcotráfico son amos y señores, sin rendir cuentas a nadie. Bueno, es un decir, ya que está claro que se rinden cuantas mutuamente entre ellos y los gobiernos cómplices. Un tratado de libre comercio entre dos o más países es necesario para la prosperidad de quienes lo firmen, ya que solos no van a lograr el crecimiento que demandan sus ciudadanos. Cada nación tiene sus fortalezas y debilidad que se complementan y minimizan con el apoyo comercial de sus pares. De la misma manera, debería existir uno o varios acuerdos entre países afectados que tengan como objetivo el combate al narcotráfico con una estrategia clara, contundente, que sea global y no ataque solo una parte del problema. Un rompecabezas que traspasa fronteras no puede ser solucionado en aislamiento. Así como la soberanía no es tema para un intercambio comercial, tampoco lo debería ser para el combate al narcotráfico.
¿Qué tal si en la narrativa opositora se incorporara la propuesta de conformar un tratado para el combate al narcotráfico consensuado entre países que están siendo afectados seriamente por este flagelo? Una cooperación seria, respetuosa, inteligente, con esquemas de ganar-ganar, seguramente sería mil veces más efectiva que la defensa hueca e ideologizada de un concepto de soberanía anacrónico y obsoleto. Vale la pena contemplarlo.